Durante dos lecciones de alfabetización, este pequeño alumno creó dibujos y relatos que daban forma a sus miedos. En uno de ellos, aparece un monstruo que mata a un niño; en otro, un intruso armado irrumpe en la escuela. Sus imágenes, lejos de ser simples expresiones de fantasía, reflejan una angustia muy real: el temor de ser asesinado en su propio entorno escolar. Lo que resulta especialmente significativo es que estas representaciones surgieron una vez que se le permitió trabajar sin las restricciones habituales sobre los contenidos “aceptables” en la escuela, como evitar dibujar armas o violencia.
El análisis de este caso se basa en los marcos teóricos de Jean Piaget y Paulo Freire, dos pensadores que abogan por el respeto a la autonomía infantil y por métodos de enseñanza que privilegien la participación activa y el desarrollo crítico de los estudiantes. Desde esta perspectiva, el estudio destaca cómo el arte y la narrativa pueden funcionar como canales vitales para que los niños procesen, comprendan y comuniquen experiencias emocionales difíciles. Más allá de dibujar su miedo, el niño también reflexionó sobre la responsabilidad colectiva que tiene la sociedad para detener a los “monstruos” que causan daño.
Un aspecto particularmente llamativo de la investigación es cómo el niño, en un primer momento, se mostró inhibido por las normas escolares sobre lo que se puede representar. Sin embargo, cuando se le dio libertad para crear, utilizó esa oportunidad no solo para expresar sus temores, sino también para articular una crítica implícita al sistema que, en su percepción, no logra protegerlo. Este acto de expresión espontánea se convierte en una poderosa manifestación de autonomía moral e intelectual.
Este caso plantea preguntas urgentes: ¿estamos realmente atendiendo el bienestar emocional de los estudiantes en contextos de violencia? ¿O seguimos privilegiando los estándares académicos por encima de su necesidad de ser escuchados y apoyados? Más que un llamado a endurecer las reglas de seguridad, el estudio invita a repensar las prioridades educativas, promoviendo entornos donde los niños puedan abordar abiertamente sus miedos, construir sentido sobre su realidad y, sobre todo, sentirse seguros y acompañados.
Hoy más que nunca, reconocer el poder del arte y la narrativa en la vida escolar no es un lujo, sino una necesidad. Crear espacios de expresión genuina puede ser una vía para sanar heridas invisibles y fortalecer emocionalmente a las nuevas generaciones, que enfrentan desafíos sin precedentes.
A continuación, te comparto la información del artículo para que la puedas revisar:
Vardanyan, S. (2025). “You are here to teach us, not kill us”: A case study of a child’s fears of gun violence through drawings and writings. Critical Questions in Education, 16(1), 49-64.
Fuente de la imagen
OpenAI. (2025). [Ilustración generada por inteligencia artificial sobre el impacto emocional de la violencia armada en niños]. DALL·E.
