Aunque en Estados Unidos existen casi 600 programas universitarios en cárceles, muchas instituciones no tienen claro cuántos estudiantes atienden, cuántos se gradúan o quiénes imparten las clases. Este vacío de información dificulta saber si realmente están cumpliendo su propósito de transformar vidas y apoyar la reinserción social.
Lo más preocupante es que, cuando se evalúan estos programas, casi siempre se enfocan solo en si la persona vuelve o no a delinquir. Pero, ¿qué pasa con otros logros igual de valiosos? Por ejemplo, el desarrollo del pensamiento crítico, la recuperación de la confianza en uno mismo, el fomento a la autoeficacia o imaginar nuevas formas de relacionarse con los demás. Muchos de los y las docentes que trabajan en prisión coinciden en que el verdadero impacto educativo va más allá de las estadísticas de reincidencia, ya que al hacerlo de ese modo, resulta limitante e inclusos deshumanizador.
Eso sí, hay muchos retos: falta de acceso a datos, dificultades para hacer seguimiento después de la liberación, y diferencias entre instituciones. Pero también hay esperanza. Cada vez más programas buscan formas de evaluación más humanas, que reconozcan los cambios profundos —y muchas veces invisibles— que ocurren cuando alguien se atreve a aprender, incluso en condiciones adversas.
Al final, visibilizar a quienes estudian en prisión no se trata solo de números. Se trata de reconocer su esfuerzo, su derecho a aprender y la responsabilidad colectiva de acompañar ese camino.
Interesante, ¿cierto? Revisa la investigación completa con la referencia del artículo
Castro, E. L., & Lerman, A. (2025). Invisible students: Challenges to evaluation in prison higher education. Metropolitan Universities, 36(1), 48–66.
Fuente de la imagen
OpenAI. (2025). Ilustración generada por IA en estilo semirealista sobre el estudio en prisión [Imagen]. ChatGPT. https://chat.openai.com
