Aulas llenas… estudiantes solos

En el debate educativo actual se habla mucho de bienestar socioemocional, convivencia escolar y salud mental. Sin embargo, hay una emoción que rara vez ocupa el centro de la conversación: la soledad. No la soledad elegida, sino aquella que se experimenta incluso cuando se está rodeado de compañeros. Este artículo propone reconocer la soledad no deseada como una emoción educativa que atraviesa la experiencia escolar y que puede influir profundamente en la forma en que los estudiantes se relacionan, aprenden y construyen su identidad.

La autora sostiene que no es solo un tema clínico o psicológico, sino una emoción educativa que se produce y reproduce en la escuela, afectando la convivencia, el bienestar y hasta la construcción de identidad en la adolescencia. Entonces, ¿por qué hablamos tanto de bienestar socioemocional y tan poco de soledad en la escuela?

Para entenderlo, el texto distingue algo clave: no es lo mismo aislamiento social que soledad. El aislamiento se refiere a la falta objetiva de relaciones; en cambio, la soledad no deseada es más subjetiva, pues aparece cuando hay una distancia entre los vínculos que una persona desea y los que realmente percibe como significativos. ¿Te das cuenta del reto? Puedes estar rodeado de compañeros… y sentirte profundamente solo. ¿Cuántas veces la escuela interpreta “estar acompañado” como “estar bien”?

Una de las ideas más potentes del artículo es que la soledad suele ser silenciosa. No “interrumpe” la clase como el enojo o la frustración, por eso muchas veces nadie la nota: el alumno solitario no necesariamente rompe reglas, así que se vuelve invisible en un sistema escolar que tiende a enfocarse en disciplina y rendimiento. ¿Y si parte del problema es que solo atendemos lo que se ve? ¿Qué emociones quedan fuera cuando la convivencia escolar se mide como “ausencia de conflictos visibles”?

El texto también cuestiona una contradicción institucional: en México, la convivencia escolar y la educación socioemocional han ganado espacio en el discurso educativo, pero la soledad casi no aparece explícitamente en marcos y herramientas. Incluso menciona que, en un cuestionario oficial de clima escolar, la soledad se toca apenas de forma mínima (un reactivo alude a alumnos que no socializan), lo que sugiere que el fenómeno está subestimado. Si la soledad se relaciona con pertenencia, inclusión y vínculos, ¿no debería ser central en cualquier política de convivencia?

Al final, la propuesta es clara: reconocer la soledad como emoción educativa no significa “medicalizar” la escuela ni convertir al docente en terapeuta, sino abrir espacios pedagógicos para nombrarla, comprenderla y acompañarla. La autora sugiere recursos como narrativa autobiográfica, escritura reflexiva o trabajo artístico, porque ayudan a expresar lo que muchas veces se vive en silencio y pueden fortalecer empatía y comunidad. La pregunta que queda flotando es poderosa: si queremos escuelas inclusivas, ¿cómo se vería una escuela que también cuida las emociones que no hacen ruido?

Si te interesa leer el artículo completo, consúltalo con los siguientes datos:

Mendoza Olivares, D. (2026). La Invisibilidad de la Soledad en la Escuela: Una Revisión Documental Desde la Educación Emocional. Ibero Ciencias – Revista Científica Y Académica – ISSN 3072-7197, 5(1), 1168-1176.


Fuente de la imagen

OpenAI. (2026). Ilustración digital sobre la experiencia de soledad estudiantil en el aula y el bienestar socioemocional en la escuela [Imagen generada por inteligencia artificial]. DALL·E.

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